Si Un completo desconocido funciona, es porque a pesar de lucir como una película biográfica tradicional, por lo menos intenta hacer algo distinto con su protagonista. En ese sentido, el título del filme no podría ser más apropiado. Un completo desconocido no intenta ahondar en la psicología de Bob Dylan, ni explicar de donde vino o qué es lo que quería del mundo de la música de forma explícita. Más bien, la película se concentra en el impacto que tuvo en los demás, en su obsesión con la innovación, y hasta cierto punto, en la alergia que le tenía a la fama. Nos presenta estos conceptos sin ahondar en el por qué, considerándolos como hechos que simplemente eran parte de la forma de pensar del afamado cantautor.
Un completo desconocido se lleva a cabo a lo largo de un período de unos cinco años, comenzando en 1961 cuando Dylan (un excelente Timothée Chalamet) llega a Nueva Jersey para conocer a uno de sus ídolos, el músico de folk Woody Guthrie (Scoot McNairy), quien sufre de una enfermedad neurodegenerativa y está en el hospital, siendo cuidado por el también músico Pete Seeger (Edward Norton). Es ahí donde Bob les canta y toca una canción a ambos e impresiona al segundo, quien lo ayuda a aparecer en sus primeras tocadas en bares y locaciones pequeñas.
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Es así que la cinta se concentra, como suele pasar en la mayoría de biopics, tanto en la vida personal como profesional de Dylan, mostrándonos su ascenso a la fama en el mundo del folk, pero también su eventual innovación musical, especialmente cuando decide cambiar a instrumentos eléctricos. Lo vemos entablar una relación con Sylvie Russo (Elle Fanning), basada en una de las enamoradas de Dylan de la vida real, Suze Rotolo. Lo vemos trabajar y tener amoríos con la cantante de folk Joan Baez (Monica Barbaro, de Top Gun Maverick) y lo vemos tratando de manejar la fama, así como a los ejecutivos musicales y administradores de festivales que no quieren que se aleje de lo tradicional y previsible.
A primer vistazo, Un completo desconocido parece manejar una estructura similar a cualquier otro biopic que hayan visto antes, incluyendo a uno de los esfuerzos previos de su director James Mangold, Walk the Line (con Joaquin Phoenix haciendo de Johnny Cash). Pero lo mejor de Un completo desconocido es que, analizándola de manera más profunda, en realidad parece querer ir en contra de los clichés del género, alejándose de lo tradicional de la misma forma que Dylan lo hizo con su música. La cosa es que lo hace de manera sutil, sin llamar la atención a sí misma, y motivando al espectador a que perciba a su protagonista no como un ser humano complejo y lleno de demonios internos, si no más bien como una figura misteriosa e influyente.
Consideren, si no, que nos enteramos poco de la vida de Dylan antes de que llegue a Nueva York —Sylvie incluso se queja en cierto momento de que Bob no le cuenta nada sobre su pasado, y Joan no le cree cuando este comienza hablarle de sus épocas en una feria circense. O también que Bob no cae en las tentaciones clásicas de este tipo de películas, como la drogadicción o el alcoholismo, o que nunca vemos a ningún miembro de su familia. El Dylan de Un completo desconocido no es alguien que recuerde o hable con sus padres o que mencione a familiares directos como hermanos o primos. Este es un Dylan del momento, a quien solo le interesa la música y lo que puede llegar a lograr con ella.
De hecho, hasta se puede argumentar que este Bob Dylan es una suerte de antihéroe, si no un completo villano, o como le dice Joan en una escena, “un imbécil.” Es un genio de la composición musical, sí, pero también alguien a quien no le interesan mucho las relaciones interpersonales, capaz de herir a los demás —especialmente a Sylvie y Joan— sin darse mucha cuenta. Ni siquiera parece estar muy interesado en sus fans, ignorándolos la mayor parte del tiempo, y yendo en contra de sus deseos, como en el concierto climático de la cinta, donde finalmente decide tocar instrumentos eléctricos en el Festival de Música Folk de Newport. Dylan va siempre contra la corriente, para bien o para mal, sin que le importe a quién pueda dañar o molestar.
Resulta interesante, pues, tener a un protagonista así. Pero también resulta en una experiencia con la que quizás algunos espectadores no lleguen a empatizar. Un completo desconocido nunca se convierte en una historia particularmente emotiva, careciendo de aquella potencia sentimental que la hubiera podido convertir en un producto final más redondo. El Dylan de Chalamet vive tanto del día a día, sin entablar lazos fuertes —aparte del apego que siente por Woody Guthrie— y tratando mal al resto, que por momentos puede llegar a perder al espectador. Un completo desconocido es más admirable que verdaderamente entretenida, construyendo una suerte de muro entre su protagonista y la audiencia, quien por momento percibes los detalles de esta historia a la distancia.
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No obstante, de las actuaciones no me puedo quejar para nada. Timothée Chalamet está perfecto como esta versión veinteañera de Bob Dylan, adoptado todos sus manierismos y lenguaje corporal y entonaciones tan particulares. Además, su propia voz es la que aparece en todas las secuencias musicales, y aunque admito no ser ningún experto en la música de Dylan, al menos para mis oídos, todas sus interpretaciones musicales suenan suficientemente similares a las reales. Puede que no sea el favorito, pero creo que su nominación al Óscar está muy bien merecida. Por otro lado, Monica Barbaro está excelente como Joan Baez (talentosa, de fuertes convicciones), Edward Norton destaca como Pete Seeger (amable, tradicionalista) y Boyd Holbrook (actor casi fetiche de James Mangold) la pasa bien como Johnny Cash. Por su parte, Elle Fanning tiene un par de momentos potentes como Sylvie Russo.
Ahora bien, consideren también que Un completo desconocido no es una película tradicionalmente musical. No hay coreografías elaboradas ni secuencias memorables con canciones extradiegéticas. Más bien, acá la música es utilizada en todos los momentos que resultaría apropiado que aparezca: en ensayos, conciertos, recitales y festivales. Por ende, la música de Dylan nunca llega a inundar la película, si no más bien a complementarla, dejando en claro lo revolucionaria que fue en su momento, tanto a nivel instrumental como con sus letras (especialmente cuando componía canciones de protesta). No es necesario ser fanático de Bob Dylan o de su trabajo para disfrutar de Un completo desconocido, pero ciertamente ayuda estar aunque sea un poco familiarizado con su tono de voz tan particular, o al menos con sus canciones más famosas.
Un completo desconocido me sorprendió gratamente. Tomando en cuenta lo choteado que está el subgénero del biopic musical hoy en día, esperaba ver algo que se sintiera como el clásico Oscar Bait, con sentimentalismo exagerado y una estructura narrativa absolutamente previsible. Y aunque Un completo desconocido no es necesariamente una película innovadora, por lo menos se aleja de los clichés de este tipo de cine al presentarnos a un protagonista con el que resulta difícil empatizar, y que termina siendo más un símbolo histórico importante que un ser humano creíble y complejo. Un completo desconocido no está interesada ni en el pasado de Dylan, ni en transformarlo en alguien que se sienta familiar; su objetivo es hacernos entender lo importante que fue para la industria musical y para quienes lo rodeaban, dejándolo, efectivamente, como un completo desconocido, pero que igual resulta fascinante de ver.
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